
Era mi primer día en mi departamento de casada. Casada... Aún no puedo acostumbrarme a la palabra. Si no fuera por Martín, me hubiese sentido sola de verdad. Al Ale le había salido un trabajo en Pudahuel, el pobre tenía que atrevesar la ciudad a las seis de la mañana. Volvía en la noche super cansado. Por suerte yo tenía a Martín y lo primero que hicimos fue salir a dar un paseo por nuestro nuevo barrio. El edificio quedaba un poco alejado de la civilización, pero estaba compensado por el entorno verde que nos rodeaba. El único problema, era que no lograba superar a la gente que iba caminando con sus perros. ¿Por qué creían que me gustaba escuchar lo que sus perros hacían? ¿Era como un código implícito entre los paseadores de perros? ¿Creían que como yo paseba a Martín me interesaba saber de sus animales? Eso era lo único que no lograba entender ¿Por qué en mi primer día de mujer casada, con depto nuevo, tenía que escuchar lo que le gustaba a Rolf?
- ... El otro día le dí una salchicha de pavo... le encantó. Una vez había comido en Curacaví un poco de pollo... Fue genial! Estabamos almorzando, me paré a buscar servilletas y él, como es muy astuto, saltó a mi silla y se llevó el pollo... ¡Es un vandido este Rolf!
¿Qué le podía yo contestar frente a eso? ¿Realmente quería que iniciaramos una conversación así?
La Javi me decía que ella los entendía. Antes, ella no había sido muy amiga de contar las experiencias de sus mascotas, hasta que le llegó el Cosam. El gato la desquició por completo. Ya no se trataba de nada más que del Cosam y ella en el mundo. Le encantaba ir a la tienda de mascotas y contarle a la vendedora las locuras de Cosam.
- Pero Javi, qué lata para ella, quizás ni le gustan los gatos.- Le trataba de explicar yo-
- No po, esa es la gracia. La vendedora tiene fotos de sus gatitos pegadas en la pared, entonces, se aplica el código. Ella tiene gatos. Yo también, por ende, nos entendemos. Sabemos que necesitamos hablar de ellos y la que esté menos necesitada le toca escuchar... Así funciona. - y por alguna razón sonrió satisfecha-.
- Eso debe ser... - Le dije yo, un poco desmotivada - Pero, estoy cachando que todo parte por una sonrrisa... Antes de contarte de la última hamburguesa de cerdo que le encantó, te sonrrien... Ahí hay que tratar de mirar para otro lado. Pareciera que la pérdida del contacto visual y la no respuesta a la sonrrisa, disminuye la probabilidad de diálogo.
- Bueno, justamente por eso me gusta mi tienda de mascotas, porque a ella no le queda otra que escucharme. La loca me quiere vender y hasta se rie cuando le cuento que el Cosam se comío una polilla. La ocupo un poco como siquiatra...
Lo que le pasa a la Javi es que pierde el sentido de la realidad. Yo creo que debe creer que no nos damos cuenta, entonces, trata de pasar piola, pero al final termina siendo super evidente su problema. De hecho, me confenzó que para las vacaciones, como se iba a la playa por unos días, pasó donde la vendedora siquiatra a comprarle proviciones al Cosam. Ratoncitos, galletitas, comida y una plaquita con su número celular en caso que se perdiera. Ella volvió de la playa, sus hermanos habían cuidado bien a su gato y todo parecía en orden, hasta que unas semanas después de su regreso, Cosam desapareció.
La ausencia del felino provocó que todos los días mi amiga fuera donde su siquiatra. Ya ni disimulaba que no iba a comprar. Sentía que tenía el derecho de contarle que el amigo en común, llevaba 76 horas perdido, que no lo había castrado, que en internet salía que era normal y que aparecían a la semana... No puedo imaginarme la cara de la vendendora al verla llegar.
A cinco kilómetros de la casa de la Javi, vivía una mujer de 35 años con su mamá. Vivían justo en la esquina donde una amiga del Leonardo, el hermano de la Javi, había tenido un accidente de tránsito. En esa esquina siempre pasaban cosas raras, como esa: El Cosam llevaba perdido 7 días, sin comer, sin dormir, con sus pupilas dilatadas, en estado de alerta permanente, hasta que una gatita le mostró dónde ella comía, tomaba agua y dormía. Natalia, la mujer de 35 años, que vivía con su mamá, no entendía porqué de un día para otro su casa se llenaba de gatos. Hacía unos meses había perdido a su perro. Después de una semana, en uno de los paseos de búsqueda, lo había encontrado muerto. A los días le había llegado una gatita, a quien no dudó en alimentar y ahora su nueva inquilina traía a otro amigo a comer.
A los dos días, la mamá de Natalia, se dió cuenta que el gato nuevo tenía una plaquita con un número de teléfono. Natalia se estaba encariñando con su arisco amigo, pero de sólo recordar el dolor por el que pasó cuando se perdió su perrito, supo que no podía hacer otra cosa. Comprendió que había tomado una buena desición cuando del otro lado del teléfono salían gritos incomprensibles "Ah! Nosotros vamos! Dónde, llegamos ahora... espera... Mamá! Oye, pero que no se vaya... en diez minutos estamos".
La Javi anotó pésimo la dirección, sino es porque en los celulares el número queda registrado, hubiese vuelto a perder al Cosam antes de recuperarlo. Llevaba siete días esperando esa llamada. Iba al baño con el celular, no lo dejó en silencio ni al entrar a las reuniones. Durante seis días su teléfono no recibió la llamada de ningún número desconocido. Finalmente, al séptimo día, un viernes a las siete de la tarde, y mientras su mamá le explicaba que al Cosam lo habían robado porque era un gato muy lindo, un número desconocido la llamó. Era su pololo que la llamaba desde otro lugar. La Javi le pidió que no la llamara desde otra parte, para no ilusionarse conque era la llamada que esperaba. Al cortar, ella se fue a arreglar para juntarse con su novio y mientras se vestía, el celular volvió a sonar mostrando un número desconocido... Ella contestó sin ninguna esperanza... pero, justamente, ese era el llamado que esperaba.
Luego de eso, su casa se transformó en un tornado, ella agarró su polera, la jaulita del Cosam, las galletitas de pollo, su comida, mientras su hermano agarraba las zapatillas, las llaves del auto y su mamá corría de un lado para el otro. En 30 segundos iban los tres rumbo a la esquina que hacía unos meses atrás habían ido a visitar. "Esta esquina es especial" les había dicho el Leonardo a las dos. "Aquí pasan cosas... la gente se junta espontáneamente... cuentan anécdotas que les han pasado aquí después que la Amalia murió." Un poco con los pelos de punta, la Javi con su mamá veían las fotos, flores y recuerdos que los amigos de la Amalia le habían dejado. Era como un rincón de la ciudad reservado para su memoria.
En un muro, habían unas letras de cartulina que decían su nombre, pero la "A" se había despegado. La Javi trató de pegarla, pero se volvía a caer. En una luz roja, un taxista le empezó a tocar la bocina. Ella demoró un resto en darse cuenta que la llamaban, hasta que dio vuelta la cabeza y el taxista tenía estirada la mano con un escoch que se lo regaló.
"Aquí es así" les dijo el Leonardo. A la Javi le llamó la atención que su hermano no se sorprendiera. Lo mismo pasó cuando supieron que de todos los lugares donde podría haber aparecido el Cosam, él estaba ahí... ha 38 cuadras de su hogar, en ese lugar donde simplemente pasaban cosas...
- ... El otro día le dí una salchicha de pavo... le encantó. Una vez había comido en Curacaví un poco de pollo... Fue genial! Estabamos almorzando, me paré a buscar servilletas y él, como es muy astuto, saltó a mi silla y se llevó el pollo... ¡Es un vandido este Rolf!
¿Qué le podía yo contestar frente a eso? ¿Realmente quería que iniciaramos una conversación así?
La Javi me decía que ella los entendía. Antes, ella no había sido muy amiga de contar las experiencias de sus mascotas, hasta que le llegó el Cosam. El gato la desquició por completo. Ya no se trataba de nada más que del Cosam y ella en el mundo. Le encantaba ir a la tienda de mascotas y contarle a la vendedora las locuras de Cosam.
- Pero Javi, qué lata para ella, quizás ni le gustan los gatos.- Le trataba de explicar yo-
- No po, esa es la gracia. La vendedora tiene fotos de sus gatitos pegadas en la pared, entonces, se aplica el código. Ella tiene gatos. Yo también, por ende, nos entendemos. Sabemos que necesitamos hablar de ellos y la que esté menos necesitada le toca escuchar... Así funciona. - y por alguna razón sonrió satisfecha-.
- Eso debe ser... - Le dije yo, un poco desmotivada - Pero, estoy cachando que todo parte por una sonrrisa... Antes de contarte de la última hamburguesa de cerdo que le encantó, te sonrrien... Ahí hay que tratar de mirar para otro lado. Pareciera que la pérdida del contacto visual y la no respuesta a la sonrrisa, disminuye la probabilidad de diálogo.
- Bueno, justamente por eso me gusta mi tienda de mascotas, porque a ella no le queda otra que escucharme. La loca me quiere vender y hasta se rie cuando le cuento que el Cosam se comío una polilla. La ocupo un poco como siquiatra...
Lo que le pasa a la Javi es que pierde el sentido de la realidad. Yo creo que debe creer que no nos damos cuenta, entonces, trata de pasar piola, pero al final termina siendo super evidente su problema. De hecho, me confenzó que para las vacaciones, como se iba a la playa por unos días, pasó donde la vendedora siquiatra a comprarle proviciones al Cosam. Ratoncitos, galletitas, comida y una plaquita con su número celular en caso que se perdiera. Ella volvió de la playa, sus hermanos habían cuidado bien a su gato y todo parecía en orden, hasta que unas semanas después de su regreso, Cosam desapareció.
La ausencia del felino provocó que todos los días mi amiga fuera donde su siquiatra. Ya ni disimulaba que no iba a comprar. Sentía que tenía el derecho de contarle que el amigo en común, llevaba 76 horas perdido, que no lo había castrado, que en internet salía que era normal y que aparecían a la semana... No puedo imaginarme la cara de la vendendora al verla llegar.
A cinco kilómetros de la casa de la Javi, vivía una mujer de 35 años con su mamá. Vivían justo en la esquina donde una amiga del Leonardo, el hermano de la Javi, había tenido un accidente de tránsito. En esa esquina siempre pasaban cosas raras, como esa: El Cosam llevaba perdido 7 días, sin comer, sin dormir, con sus pupilas dilatadas, en estado de alerta permanente, hasta que una gatita le mostró dónde ella comía, tomaba agua y dormía. Natalia, la mujer de 35 años, que vivía con su mamá, no entendía porqué de un día para otro su casa se llenaba de gatos. Hacía unos meses había perdido a su perro. Después de una semana, en uno de los paseos de búsqueda, lo había encontrado muerto. A los días le había llegado una gatita, a quien no dudó en alimentar y ahora su nueva inquilina traía a otro amigo a comer.
A los dos días, la mamá de Natalia, se dió cuenta que el gato nuevo tenía una plaquita con un número de teléfono. Natalia se estaba encariñando con su arisco amigo, pero de sólo recordar el dolor por el que pasó cuando se perdió su perrito, supo que no podía hacer otra cosa. Comprendió que había tomado una buena desición cuando del otro lado del teléfono salían gritos incomprensibles "Ah! Nosotros vamos! Dónde, llegamos ahora... espera... Mamá! Oye, pero que no se vaya... en diez minutos estamos".
La Javi anotó pésimo la dirección, sino es porque en los celulares el número queda registrado, hubiese vuelto a perder al Cosam antes de recuperarlo. Llevaba siete días esperando esa llamada. Iba al baño con el celular, no lo dejó en silencio ni al entrar a las reuniones. Durante seis días su teléfono no recibió la llamada de ningún número desconocido. Finalmente, al séptimo día, un viernes a las siete de la tarde, y mientras su mamá le explicaba que al Cosam lo habían robado porque era un gato muy lindo, un número desconocido la llamó. Era su pololo que la llamaba desde otro lugar. La Javi le pidió que no la llamara desde otra parte, para no ilusionarse conque era la llamada que esperaba. Al cortar, ella se fue a arreglar para juntarse con su novio y mientras se vestía, el celular volvió a sonar mostrando un número desconocido... Ella contestó sin ninguna esperanza... pero, justamente, ese era el llamado que esperaba.
Luego de eso, su casa se transformó en un tornado, ella agarró su polera, la jaulita del Cosam, las galletitas de pollo, su comida, mientras su hermano agarraba las zapatillas, las llaves del auto y su mamá corría de un lado para el otro. En 30 segundos iban los tres rumbo a la esquina que hacía unos meses atrás habían ido a visitar. "Esta esquina es especial" les había dicho el Leonardo a las dos. "Aquí pasan cosas... la gente se junta espontáneamente... cuentan anécdotas que les han pasado aquí después que la Amalia murió." Un poco con los pelos de punta, la Javi con su mamá veían las fotos, flores y recuerdos que los amigos de la Amalia le habían dejado. Era como un rincón de la ciudad reservado para su memoria.
En un muro, habían unas letras de cartulina que decían su nombre, pero la "A" se había despegado. La Javi trató de pegarla, pero se volvía a caer. En una luz roja, un taxista le empezó a tocar la bocina. Ella demoró un resto en darse cuenta que la llamaban, hasta que dio vuelta la cabeza y el taxista tenía estirada la mano con un escoch que se lo regaló.
"Aquí es así" les dijo el Leonardo. A la Javi le llamó la atención que su hermano no se sorprendiera. Lo mismo pasó cuando supieron que de todos los lugares donde podría haber aparecido el Cosam, él estaba ahí... ha 38 cuadras de su hogar, en ese lugar donde simplemente pasaban cosas...
